Testimonio de torturas de Jose Domingo Aizpurua
(expulsado el día 2 de Junio de 1994).

Yo debí de salir en libertad de la prisión parisina de Fleury el 2 de Junio, pero la policía de Aire y Fronteras me detuvo dentro de la propia cárcel. Tenía unos papeles que había recibido pocos días antes en los que se anulaba la orden de expulsión. Sin embargo disponía de dos meses par presentar recurso. Estando en la cárcel me preguntaron si deseaba hacerlo, a lo que contesté que sí, por lo que el recurso estaba siendo tramitado.

Cuando la PAF entró en la cárcel yo les expliqué que mi abogado estaba fuera y que tenía el derecho de entregarle esos papeles. Pero los agentes, de muy malas maneras, me empujaron contra la pared diciéndome "aquí no nos vengas con ostias". Me cachearon y me quitaron los papeles, que nunca he vuelto a recuperar. Aquellos policías de paisanos de la PAF me metieron en su furgón dentro de la cárcel. Me tiraron y tumbaron en el suelo, con la cabeza tapada, par que los familiares y amigos que me estaban esperando fuera no pudieran verme. Me sacaron así y me llevaron de esa manera aproximadamente un Km. El resto del viaje lo hice normal hasta la estación de Austerlitz. Allí estuve hasta las 13'45 en una celda. En esa estación de París tomamos el tren y a las 20'45 horas me entregaron a la Guardia Civil en la frontera de Irun.

Cuando me dejaron en manos de tres guardias civiles, me metieron en un coche normal, sin distintivos. Tan pronto como llegamos a la autopista, me tiraron al suelo, me colocaron el jersey en la cabeza y comenzaron a golpearme en la cabeza y en la espalda con l mano abierta, y en el abdomen y en los testículos con el puño. Así hasta Donostia.

Una vez ya en Donostia, yo no sabía el cuartel en el que me encontraba. Nada más entrar me colocaron una venda o antifaz negro tapándome los ojos, con la que permanecí todo el tiempo que estuve en aquel lugar. Me tomaron la afiliación. Me llevaron donde una persona que decía ser médico forense. Pude verle la cara ya que ante él me quitaron el antifaz. Nada más salir de la habitación, me lo volvieron a poner y ya no vi nada más mientras permanecí en Donostia. De repente se hizo un silencio, y al poco tiempo se oyó un estruendo muy fuerte , gritos, voces que ordenaban a gritos, pasos militares, y llegaron los agentes en tropel. No sé cuántos eran, pero por las respiraciones y ruidos habría entre 12-20 guardias civiles. Me agarraron por ambos brazos y mientras me gritaban e insultaban, me llevaron por lo que creo que era un pasillo (unos 40-50 pasos).

Entramos en una habitación y comenzaron a aplicarme la bolsa. Era una bolsa de plástico y me la ponían por la cabeza. Con una mano me obstruían la nariz y la boca. Al mismo tiempo me golpeaban. En todo momento tenía las manos en la espalda, con los antebrazos o las muñecas sujetas por una tela atada muy suave. Mientras me hacían la bolsa de esta manera, alguien que estaba situado a mi espaldame tomaba el pulso, ordenando cuándo debían quitar la bolsa. Contaba hasta tres y me volvían a colocar la bolsa . Así en repetidas ocasiones, siempre dando la orden en función de mi pulso. No sé cuántos guardias civiles habían a mi alrededor ya que en ningún momento pude verle, además perdí la noción del tiempo, pero calculo que habría unos 12-15. Durante mucho tiempo me anduvieron poniendo y quitando la bolsa. Cuando me la quitaban me aplicaban electrodos por todo el cuerpo: en la punta de los dedos de los pies, en los labios, en los pezones, en las manos, en los testículos, en el pene...En los puntos más sensibles. Cuando me los ponían en los testículos lo hacían desde atrás, introduciéndolos entre mis piernas, para colocarlos en la parte inferior del escroto. Cuando los aplicaban en el pene, lo hacían por delante. Cuando acababan con los electrodos, comenzaban los golpes: en la cara y en el pecho con la mano abierta, y en el abdomen y los testículos con el puño. En la cabeza me pegaron con un libro o una botella de plástico llena de algo.

Durante toda la noche fue igual: primero la bolsa, después los electrodos y seguido los golpes. Era como una rueda. Cuando me ponían los electrodos, yo saltaba y los guardias civiles me decían "no te muevas, hijo de puta". Estaban colocados siempre sobre la ropa, para no dejarme marcas, excepto cuando me los ponían en los genitales. De todos modos, me ordenaban continuamente que me vistiera y me desvistiera, sólo para humillarme. Cuando me propinaban los golpes, me empujaban de un guardia civil a otro para que todos me pegasen. Era siempre la misma cadencia: bolsa, electrodos y golpes, bolsa, electrodos y golpes. Los insultos fueron continuos durante los tres días en los que permanecí incomunicado, y más tarde me amenazaron con que si denunciaba haber sido torturado ante el Juez o en la prensa, detendrían a mi madre. En algunos momentos me ponían un vaso de agua en la mano, lo golpeaban y se derramaba el líquido. Seguido me aplicaban electrodos en la punta de los dedos mojados para que la corriente eléctrica pasase mejor. Controlaban muy bien dónde los colocaban. En la punta de los dedos de las manos y en los labios, en los sitios visibles, la descarga era de breve duración, pero en el resto del cuerpo era más prolongada. Posteriormente llegaban los golpes ( en la cabeza con un listín, en la cara y el cuello con la mano abierta, y en el abdomen y los testículos con el puño), y seguido me colocaban la bolsa hasta provocarme asfixia. Yo me caí en repetidas ocasiones, ya ni recuerdo cuántas veces, pero ellos enseguida me levantaban agarrándome de las axilas, y gritándome "no te caigas hijo de puta". Nunca me quedé completamente inconsciente. Permanecí siempre con algo de consciencia, pero como en una nebulosa. No vi nunca ninguna cara; sólo oí voces, de las que reconocería dos, la voz cantante y otra.

Calculo que esta sesión duraría hasta las seis o las siete de la mañana. Cuando acabó, me llevaron a la celda. Un poco antes, me habían dado agua que me supo amarga, pero no sé si es porque le habían echado algo o porque mis sentidos estaban alterados. En la celda me quitaron el antifaz de los ojos pero me obligaron a estar de pie de cara a la pared. No pude resistir más, me desmayé y me caí al suelo. Veía circulitos que se movían por la pared, como una discoteca. Sólo podía sentir mi llanto. Me llevé las manos a la cara pensando que tenía las gafas puestas para taparme los ojos y no ver nada. Al de poco, vinieron unos guardias civiles y me pusieron una manta para taparme la cara y la cabeza. Sé que me tomaron una declaración, que me hacían preguntas, pero no puedo recordar qué es lo que me preguntaban, ni qué decía yo, ya que estaba semi-inconsciente inconsciente. Después me levantaron, me colocaron el antifaz, me cogieron por los brazos y me llevaron entre seis a la puerta principal diciéndome que me llevaban a Madrid. Al llegar a la puerta, me quitaron el antifaz y me ordenaron que levantara la cabeza y abriera los ojos. Entonces pude ver que me encontraba en la Comandancia de la Guardia Civil del Antiguo en la salida. Por la claridad y la poca gente que pasaba por la calle, pensé que serían las siete de la mañana aproximadamente. Antes de salir no me vio ningún médico forense.

Me metieron en un furgón. En el interior tenía unos compartimentos pequeños. Nada más entrar me pusieron la música muy alta por unos altavoces que había allí dentro. El viaje lo hice muy mal. Permanecí en posición fetal ya que me encontraba muy mal, siempre esposado. En un momento me incorporé para mirar por una rejilla y vi los talleres de la salida de Donostia. Supe que me llevaban a Madrid. No era capaz de mantenerme ni de pie ni sentado, por lo que en todo el viaje estuve tumbado en el suelo en posición fetal.

Llegamos a Madrid, creo que después de la hora de comer, por la intensidad del sol. Allí me tuvieron mucho tiempo dentro del furgón, con un calor insoportable y la música a tope, durante una hora o dos como mínimo. Cuando me sacaron me pusieron el jersey por la cabeza y me llevaron a rastras hasta una celdas, tirándome de las esposas, mientras uno me golpeaba con el puño, otro me daba patadas, así hasta la celda. Aquella fue la entrada triunfal que me habían anunciado con anterioridad, diciéndome "ayer mataron a un general, por lo que vas a ver cuando llegues a Madrid".

En la celda me tiraron al suelo. Estaba todo a oscuras. Allí perdí la noción del tiempo. No sabía si era de día o de noche. Antes de venir el médico forense, los guardias civiles me avisaron de que si le contaba lo que me habían hecho iba a seguir siendo torturado. Las amenazas habituales. La forense, una mujer, me vio y me enseñó el carnet profesional. Me preguntó si me habían tratado bien, a lo que no tuve más remedio que contestar que sí, por supuesto que me habían tratado bien. Me hizo un examen superficial. No me desnudó completamente. No me quitó los calzoncillos, y de haber alguna marca, la habría allí, en la parte inferior del escroto. Era difícil ver las marcas ya que los electrodos me los habrán aplicado por encima de la ropa. Me tomó el pulso, me auscultó y me dijo que tenía la tensión muy baja. El resto de las veces que me llevaron ante la médico forense no me volvió a desnudar.

En los interrogatorios que me hicieron en Madrid, no me aplicaron los electrodos, ni me hicieron la bolsa, pero me golpearon en repetidas veces. A menudo que pasaba el tiempo, fueron disminuyendo la intensidad de los golpes. En todos los interrogatorios me golpeaban, pero con menos intensidad. Los golpes iban dirigidos a la cara y el pecho con la mano abierta, y al abdomen y los testículos con los puños. Primero era un interrogatorio con golpes, después me llevaban donde la médico forense, y después otro interrogatorio con golpes. En Madrid estuve todo el tiempo con los ojos cerrados. No pude ver nada excepto cuando estaba con la forense. Me llevaban donde ella con la cabeza agachada y con los ojos cerrados, hasta que estaba ya en la habitación donde se encontraba la forense esperándome. Cuando volvía a buscarme, delante de ella me ordenaban cerrar los ojos y me llevaban con la cabeza agachada sujetándome de los pelos. La forense no me decía que me quitase la ropa para examinarme el cuerpo. Sólo me preguntaba si el trato era bueno, y yo no lo entendía, porque todos los días veía cómo me llevaban y me traían y siempre me decía que tenía la tensión muy baja. Yo le preguntaba cuándo iba a volver y ella me respondía que no lo sabía, que vendría cuando la llamasen. Con este detalle me daban a entender que los guardias civiles controlan a los médicos forenses y les llaman cuando les conviene. Así me interrogaban y me golpeaban, pero después me dejaban descansar y recuperarme antes de que pasase la médico forense.

En Madrid, los interrogatorios y los golpes fueron constantes. No estaba esposado, pero a veces me sujetaban las muñecas con una especie de trapos, como telas. Los golpes diminuyeron de intensidad y frecuencia, pero no cesaron. Me golpearon hasta la última tarde de llevarme ante el Juez. Antes de despedirme me dieron una sarta de golpes.

Podía oír los gritos de otros detenidos, cómo les estaban torturando. A mí me decían: " Escucha, escucha cómo les están dando a esos". No sé si serían gritos de verdad o era algún juego que se traían para ver cuál era mi reacción. Pero lo cierto es que pude escuchar gritos de dolor tanto en Donostia como en Madrid. Después pude saber que eran ciertos y que había más detenidos.

Me tuvieron siempre a oscuras. Cuando me trasladaban de la celda a la sala de torturas e interrogatorios o al despacho de la médico forense, siempre iba con la cabeza agachada y los ojos cerrados o con una venda cubriéndolos. En la celda, siempre a oscuras, aunque me dejaban muy poco tiempo descansar en ella. Durante todo el tiempo que estuve allí no pude ver nada. No sabía si era de día o de noche. Perdí completamente la noción del tiempo. Ellos sí que lo controlaban. Al principio por cuándo vendría la forense, y a partir del segundo día, también tuvieron en cuenta cuándo vendría el abogado de oficio. Entre visita y visita me llevaban a interrogatorios constantemente. Siempre me hacían las mismas preguntas, golpes, amenazas, insultos, pero controlando el tiempo por la visita de la forense y el abogado de oficio. No había opción a descansar ya que me tenían muy poco tiempo en la celda. Tampoco podía controlar el tiempo. Los únicos momentos en los que me orientaba era cuando me llevaban al abogado de oficio, ya que me quitaban la venda y podía ver por la ventana si era de día o de noche.

Me hicieron varias tomas de declaración con abogado de oficio. Alguna vez fue de día y otra de noche. Creo que de estas declaraciones, cuatro fueron oficiales y la primera fue un teatro. Tras uno de los interrogatorios me dijeron que a continuación vendría un abogado de oficio y me tomarían la declaración oficial (la primera), pero que debía admitir todo lo que ellos me decían ya que de lo contrario me torturarían después. Al ver al abogado de oficio, pensé que aquél sería también un policía de paisano y que sería todo un teatro para ver cómo reaccionaba yo. Ello me empezaron a hacer unas preguntas, yo contestaba a todo que sí, y a la cuarta pregunta, el que estaba haciendo de abogado cortó la declaración, comencé a toser y dijo que había que suspender aquello ya que no estaba bien. Se marchó y no volvió a aparecer.. Este individuo no me enseñó ningún carnet ni ninguna acreditación. Sin embargo los otros abogados de oficio si que se identificaron. Por esto creo que la primera declaración fue una farsa para ver mi comportamiento. La segunda vez que me llevaron a hacer una toma de declaración, no estoy muy seguro si quien decía ser abogado de oficio, lo era en realidad. Por tanto, la primera vez fue un teatro, la segunda lo dudo, y después me hicieron otras tres tomas de declaración con abogado de oficio.

Los abogados de oficio no me dijeron apenas nada, saludar y poco más. Incluso los guardias civiles se comportaron con corrección en esos momentos, ofreciéndome cerveza y cigarrillos. Delante de los abogados de oficio se portaban bien. En una de estas declaraciones, el texto acababa en la parte superior del papel y el guardia civil que hacía de secretario me dijo que firmase en la parte inferior del folio. Yo le dije que no, que firmaría justo debajo de lo escrito ya que sino quedaría un espacio en blanco. El abogado de oficio me dio la razón e insistió en que el procedimiento correcto era estampar la firma sin dejar espacios. El guardia civil lo aceptó de una manera correcta, pero cuando se marchó el abogado, me dijo: "Joder, tío. Te has colado".

En Donostia no me dieron de comer ni una sola vez. De beber, una sola vez. Sin embargo, en Madrid si me daban de comer y beber.. En ningún momento pude descansar ya que me sacaban de la celda continuamente: a los interrogatorios, a la forense, al abogado de oficio...En la celda estaba a oscuras también y sólo me encendían una pequeña bombilla, situada en un ángulo y que apenas iluminaba, cuando me traían la comida. En cuanto acababa de comer, me volvían a dejar en la más absoluta de las oscuridades.

El ultimo día, el domingo por la noche, me llevaron ante el Juez de la Audiencia Nacional Baltasar Garzón. Como no estaba el abogado que había designado yo, sino que me habían puesto de nuevo uno de oficio, me negué a declarar ante el Juez, explicándole que sólo declararía en presencia de mi abogado. Ni siquiera declaré en ese momento haber sido torturado ya que no estaba mi abogado. Entonces él decretó mi ingreso en prisión incomunicada. Y me lleva a la cárcel de Carabanchel la madrugada del domingo al lunes, donde permanecí en esa situación. Antes de salir hacia allí, volvió a verme la forense.

Al cuarto día de estar incomunicado en la prisión de Carabanchel, vino la médico forense que me había estado viendo en el cuartel de la Guardia Civil en Madrid. Me llevaron a la enfermería y allí estaba ella enviada por el Juez Baltasar Garzón para hacerme un reconocimiento. En esta ocasión fue la única vez que me dijo que me desnudase completamente, que me quitase toda la ropa incluidos los calzoncillos. Me desnudaba completamente cinco días después, pero mientras estuve detenido no lo hizo ni una sola vez. De todas maneras se mostró mucho más antipática que en comisaría. Ya no quedaba ninguna marca, pero el día que llegué a Carabanchel, el lunes por la tarde, pude ver mi cuerpo por primera vez y presentaba unas pequeñas lesiones como costras en el pene y en la parte inferior del escroto. Aquello era lo más visible que tenía. Pero ese fue el detalle: en el cuartel no me desudó completamente, pero sí cinco días después cuando estaba en la cárcel.

En Carabanchel estuve 14 o 15 días incomunicado. Durante este tiempo no me daban l la prensa, no podía oír la radio y no tenía contacto con ningún preso político ni social. Tampoco pude recibir ni cartas ni visitas de mi familia, ni siquiera de mi abogado. El único derecho que tenía era a salir una hora diaria al patio y solo. Todos los días pasaba el médico de la prisión, pero no me examinó ni me hizo ningún análisis de sangre, aunque me ofreció la posibilidad. Un día vinieron unos expertos de una Comisión Internacional contra la tortura. Estos primeros días de prisión notaba molestias en los brazos y no podía tumbarme boca abajo ya que me dolían los testículos. Por las noches dormía mal. Tenía pesadillas continuas y soñaba con las torturas, con violaciones y con hechos violentos. Luego se pasó.

Cuando me levantaron la incomunicación. Me llevaron de nuevo ante el Juez Garzón. Esta vez estaba mi abogado, así que realicé una declaración completa, incluidas las torturas y malos tratos de los que había sido objeto. Relaté que había recibido la amenaza de que iban a detener a mi madre si yo contaba ante el Juez o la prensa lo que me habían hecho. De nuevo me envió a prisión, a Carabanchel.

Al poco tiempo fui trasladado a la prisión de Navalcarnero. Estando allí fui llamado a declarar ante el Juez de nuevo, pero esta vez fue Ismael Moreno, ya que por relación con banda armada había cumplido condena en París. Al día siguiente quedé en libertad.

Lo más duro fue el tiempo que estuve en Donostia. Fueron 11 o 12 horas de torturas constantes y brutales. Me caía, no llegaba a perder el conocimiento del todo, pero me agarraban entre dos para mantenerme de pie. Fue una tortura continua. Bolsa, electrodos y golpes sin interrupción.

Durante toda mi detención sólo pude ver a los guardias civiles a los que fui entregado en la frontera de Irán y a los que estaban en las tomas de declaración ante abogado de oficio. El que hacía de secretario en ese momento era el mismo que llevaba la voz cantante en los interrogatorios. Vería en total unas ocho caras.